Homofobia

El verdadero problema del Fútbol

diversidad

Jueves 4 de octubre de 2012, por Andrés Alegría Polanía

¿Qué induce a la homofobia en una cultura profundamente conservadora como la colombiana? El campo de fútbol, metafórica y físicamente, resulta un escenario ideal para contrastar creencias, imaginarios colectivos, fobias y discriminaciones. La construcción de la identidad masculina dista mucho de haberse terminado.

Paso uno: el hogar

No resulta asombroso que en medio de un escándalo sobre acoso laboral entre árbitros del fútbol colombiano, salga un dirigente a decir que “no hay nada con más posibilidades de contagiarse, no hay peor enfermedad, si se puede llamar así, con el respeto del que la sufra, que el homosexualismo”.

En Colombia, las personas con orientación sexual diversa e identidad de género no normativa aún son presa del odio y de la discriminación en contextos laborales y familiares. Según Colombia Diversa, 127 personas fueron asesinadas por odio o por prejuicio entre 2008 y 2009.

En la dirigencia del fútbol colombiano, el presidente de la categoría aficionada, Álvaro González Álzate (arriba, segundo de izquierda a derecha), tiene un enorme poder e influencia.
El de González Álzate, presidente de la División Aficionada de Fútbol Colombiano (DIFUTBOL), no es un caso aislado, ni siquiera una anécdota indignante. Se trata de la punta del iceberg de una forma de pensar arraigada en lo más conservador y mojigato del corazón y la mente de muchos colombianos. Basta con explorar la evidencia científica que muestra por qué sencillamente no es cierta la afirmación de González: ">la “homosexualidad” no es una enfermedad, ni mucho menos contagiosa.

En este caso, los señalamientos en contra de una de las autoridades más respetadas del arbitraje colombiano, el juez FIFA, Óscar Julián Ruíz, se han diluido entre el morbo que suele rodear las noticias acerca de homosexuales en nuestra agenda pública. En los propios medios y el debate que suscitan en la opinión pública, este morbo también domina a la crítica desapasionada: cualquier figura pública se arroga el derecho de juzgar a los protagonistas de las noticias sobre la base de su orientación sexual.

Cuando el colegiado Germán Mauricio Sánchez señaló que Ruiz lo había acosado sexualmente y luego lo había dejado fuera de la lista de designados para pitar en el torneo de fútbol, el debate mediático no giró alrededor de la supuesta injusticia, el abuso de poder o las pruebas de acoso sexual o de otras irregularidades en el fútbol nacional.

Lo que imperó en las llamadas de oyentes a las emisoras y en los comentarios en las redes sociales fue el chiste fácil: un lío entre “homosexuales”, “una pelea de locas”, “un árbitro con poder que llevó su afición por los pitos demasiado lejos”. Porque en Colombia la ridiculización por razones sexuales es una de las armas más efectivas para deslegitimar el carácter de los ciudadanos. La sola sospecha de serlo es una amenaza para la reputación de una figura pública.

La gravedad de la acusación — que según el artículo 29 de la Ley 1257 de 2008 puede constituirse en un delito — no importó tanto como la posibilidad de especular con la idea de que Óscar Julián Ruiz era gay y que todo su éxito profesional a lo largo de casi 20 años no era producto de su rigor, de su dedicación y de su constancia, sino de sus preferencias sexuales.

Esas opiniones, sustentadas en posturas netamente ideológicas – en el temor y el desconocimiento – imperan cuando se habla de la comunidad LGBTI y de sus derechos en Colombia y en la mayoría de los casos se han moldeado en los preceptos de una religión que considera pecado el homosexualismo – o incluso cualquier tipo de relación sexual extramatrimonial y que no tenga propósitos reproductivos –.

Óscar Julián Ruíz es el árbitro colombiano más destacado de los últimos tiempos. En la imagen, durante un homenaje conferido por la Confederación Suramericana de Fútbol.
Muchas decisiones del ámbito público terminan contaminadas por esas creencias. Sucedió hace unos meses cuando la antigua dirección del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) y el Procurador Ordóñez se opusieron por todos los medios a su alcance a que un periodista norteamericano vinculado al poderoso The New York Times adoptara a dos niños. Su caso llegó al debate público y así se pudo poner en evidencia esta grave arbitrariedad, pero muchos colombianos y colombianas no tienen esa misma posibilidad de acceso a la opinión.

Un ejemplo: hasta hace un par de semanas los presos con orientación sexual diversa e identidad de género no normativa eran discriminados con total impunidad en las cárceles del país: un director de un reclusorio podía conculcar sus derechos al libre desarrollo de la personalidad y sus derechos sexuales, solo porque sus parejas o sus gustos no hacen parte de la “normalidad” o no van de acuerdo con la ética dominante.

Muchos ciudadanos y ciudadanas apoyan o permiten estas discriminaciones amparados en esos mismos preceptos. La mayoría de ellos y ellas actúan deliberadamente en contra de la evidencia científica, como lo han determinado diversas asociaciones médicas y psiquiátricas alrededor del mundo.

Es importante buscar alternativas para que desde temprana edad los padres y madres compartan con sus hijos e hijas información sobre lo valioso que debe ser el respeto por los demás seres humanos, sin importar qué orientación sexual tengan y dándoles a entender que las construcciones sociales, como la raza o la clase social, no deberían ser tomadas en cuenta para relacionarse con sus pares.

Paso dos: el colegio

Pero la intolerancia no anida solo en la familia y en la religión. La formación en la escuela juega un papel fundamental para inducir actitudes respetuosas. En Bogotá se llevó a cabo un proyecto piloto para que los niños y las niñas de colegios públicos conocieran que la sexualidad no es algo fijo y estable, y que por lo tanto, hay personas con preferencias distintas de las mayoritarias.

Y hubo escándalo. La vocera de la moralina en esta oportunidad fue la concejala del partido de la U, Clara Lucía Sandoval. Para ella instruir al respecto constituye un “riesgo para la formación de personitas” que podrían caer en el “peligroso” terreno de aprender a respetar las decisiones ajenas. Para ella, en el colegio no se debería hablar acerca de este tema, porque a lo mejor los alumnos y las alumnas se vuelven gays, lesbianas o cualquier cosa menos “normales”. Desde su perspectiva, los únicos adultos que parecen dar “mal ejemplo” son los homosexuales. Son los únicos disolutos y los únicos depredadores sexuales.

Lo peligroso no son las cátedras de sexualidad en los colegios ni tampoco que haya árbitros gays o lesbianas; mucho menos que personas trans ocupen importantes cargos en el gobierno o en la academia, como Tatiana Piñeros o Andrea García Becerra. Para la muestra un botón: funcionarios competentes como Brigitte Baptiste, quien dirige el Instituto Von Humboldt con fortuna, competencia, tino y mucho estilo.

Lo peligroso es que en el ámbito público tengan espacio y audiencia personajes como González Álzate y Sandoval, que aprovechan su posición pública para destilar odio y promover la homofobia, así sea apenas sutilmente.

Bullying y medios de comunicación

En el caso de González el asunto se torna más espinoso. El fútbol es un deporte que niños y niñas disfrutan en escala masiva. Ellos y ellas son aficionados y un dirigente debería tener en cuenta esta dimensión.

Cada vez resultan más notorios los casos de niños y niñas que se ven atacados y atacadas — un comportamiento agresivo de sus propios compañeros, llamado bullying — y que se convierten en víctimas de la discriminación debido a su orientación sexual, hasta el punto de tener que cambiar de colegio y en el peor de los casos, de cometer suicidio.

En un contexto machista y sexista como el fútbol, resulta pertinente comprender en profundidad el papel del sujeto masculino y de su relación con los medios de comunicación. Las representaciones que éstos transmiten sobre lo masculino han hecho necesario revisar los planteamientos teóricos.

R. W. Connell afirma que la definición de la masculinidad en la sociedad moderna ha sido un proceso que ha tomado cerca de cuatro siglos. Por tal motivo, los medios de comunicación deben tener un cuidado particular. Es evidente que aún se siguen reproduciendo estereotipos únicos sobre lo masculino: como si nadie hubiera podido escapar de una cajita llena de solo vaqueros e indios, de buenos y malos, de héroes y villanos. La articulación de la masculinidad con la violencia induce a pensar que todo lo masculino se asocia con ideas como fuerza e ímpetu: de nuevo un frasco hermético que moldea todas las representaciones, tal como ocurre con la televisión.

La dificultad para desconectar lo masculino de una categoría netamente discursiva impide entender que no todos los hombres encajan en un patrón o identidad predefinida, estática. La producción de imaginarios colectivos sobre homosexuales, heterosexuales y bisexuales reproduce en la mayoría de los casos al “macho” arquetípico. En el fútbol, estos escenarios son muy frecuentes.

La categoría de “lo masculino” reforzada por el lenguaje verbal y audiovisual no permite apartar al sujeto “hombre” de los procesos de construcción identitarios que lo han permeado: no es lo mismo el personaje masculino de telenovela chicana, el de una “narco-serie” colombiana o el de una comedia argentina. “Es imposible separar el género de las intersecciones políticas y culturales en las que constantemente se produce y mantiene”.

Para no seguir reproduciendo estereotipos

La concejal del Partido de La U, Clara Lucía Sandoval, se opone a que en los programas académicos de los colegios públicos de Bogotá se hable de diversidad sexual.
Cada vez resulta más necesario replantear la forma como en el hogar y en los colegios se enseña a los niños y a las niñas el respeto hacia los demás, el respeto frente a la diferencia y lo valioso de entender precisamente que la vida misma es diversa.

Un reto más difícil de asumir consiste en diseñar políticas de afinidad que promuevan activamente la aceptación de orientaciones sexuales diversas y de identidades de género no normativas, mediante leyes que prohíban el abuso, pero también mediante proyectos que incluyan la interculturalidad como un valor positivo.

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