Colombia en el ojo del huracán
Colombia se ha convertido en el centro del debate internacional sobre este tema gracias a la guerra interna que la desangra. De una parte, el gobierno colombiano, y los medios en este país y en otros, acusan a los países del “otro bando”, en especial a Ecuador y a Venezuela de brindar apoyo (de diverso tipo) a las guerrillas colombianas, en especial a las FARC. Del otro lado se han hecho denuncias de cómo paramilitares colombianos han apoyado operaciones contra la institucionalidad en Venezuela y en el departamento de Santa Cruz, Bolivia. En otras palabras, Colombia es el factor que hace pasar este conflicto, del plano político e ideológico a un plano de uso la violencia.
Cuando estalló la guerra de Iraq, algún gringo tituló una columna “it’s oil stupid” (es el petróleo, estúpido), en esa línea un artículo sobre Colombia podría ser titulado fácilmente: “es la cocaína estúpido”, porque la producción y sobre todo el tráfico de cocaína es el factor determinante del poder en Colombia. Las guerrillas claramente están comprometidas en la producción de cocaína y buena parte de sus estrategias de control territorial están ligadas al interés de mantener el poder económico que les brinda ese negocio. El paramilitarismo ha centrado sus actividades principalmente en combatir a la guerrilla por el control de los territorios productores de cocaína.
En este escenario la intervención de los Estados Unidos en Colombia lleva ya décadas, sin contar con las intervenciones regionales anteriores, como la Doctrina de la Seguridad Nacional. El Plan Colombia implementado en 1999 ha sido una enorme estrategia de intervención en la que a pesar de las restricciones constitucionales se ha favorecido la presencia en Colombia de tropas y “asesores” militares norteamericanos. En una década de acción del Plan, los resultados son muy controvertidos, pero el hecho claro es que el objetivo inicial de controlar el narcotráfico y superar el conflicto interno no se ha alcanzado.
Pero el panorama no es tan simple, tanto guerrilleros como paramilitares hacen parte de proyectos políticos. Las FARC y el ELN tienen sus proyectos políticos, muy distintos entre sí, probablemente pasados de moda y definitivamente errados en su estrategia de imponerlos por la vía de las armas. Los paramilitares también hacen parte proyecto político, son algo así como un modelo de privatización, cuando los ejércitos no pudieron seguir violando impunemente los derechos humanos, en Colombia se creó el paramilitarismo, una privatización de la guerra sucia, pero al servicio del mismo proyecto político, un proyecto político triunfante, que ha logrado imponer mayorías parlamentarias y fue claramente un importante respaldo electoral al actual gobierno.
Es probable que sin el respaldo de los votos empujados por los fusiles paramilitares, el presidente Uribe hubiera triunfado de todos modos en las elecciones, definitivamente no de la manera tan holgada como lo hizo, pero es tal vez que hubiera triunfado, sus propuestas de mano dura tienen eco en amplios grupos sociales. Sin embargo el costo en términos de polarización de la sociedad, de criminalización a los movimientos sociales, detenciones arbitrarias, control social de los paramilitares en muchas zonas y corrupción, es muy alto.


